miércoles, 21 de mayo de 2008

2008/Mayo - Documento Jorge Hayzus

PARA EL “PROYECTO 2010”

Jorge R. Hayzus Mayo del 2008

Registré en un artículo de Santiago Del Sel publicado en la revista EMPRESA (Nº 177, Abril-Mayo 2006) la siguiente frase: “…… lo que resulta más alarmante es la ausencia de un espacio para el diálogo, el debate y la búsqueda de consensos como vía de integración y superación de los conflictos.”

Más allá de su exactitud como diagnóstico, podría interpretarse esta reflexión como un llamado a la esperanza de que – mediante el aporte de personas de buena voluntad - se susciten los “espacios” que hoy faltan, para ser llenados de a poco. Además induce a plantear las condiciones, ya sean del entorno, de los medios, de la psicología colectiva, que deben ser tenidas en cuenta para que el diálogo se inicie, prospere y fructifique.

A tales efectos, no vendría mal hurgar un poco más en la disposición al diálogo y en los elementos que la configuran. Si se trata de reflejar la inspiración de ACDE, la aptitud para el diálogo se demuestra primero con ánimo de humildad y respeto, para luego conseguir reciprocidad.

El diálogo presupone paciencia, por lo menos para escuchar sin interrumpir. Sin escucha no hay diálogo, sólo ruido y tiempo perdido. Quienes afirman por el contrario, que el diálogo es enriquecedor tienen razón, pero se olvidan a veces del marco que ha de definirlo como tal.

La “superación de conflictos” a la que alude el párrafo citado, así como la búsqueda ansiosa de respuestas a los interrogantes de nuestro futuro como Nación, se refieren a ejercicios de diálogo que a primera vista abruman por su dificultad. Sin embargo, el sentido común indica que no es necesario “discutir de todo” para ponerse de acuerdo en algo.

Lo más práctico sería abordar los temas desde premisas que estén tácitamente – o si fuera necesario, expresamente – aceptadas como tales y por ello fuera del ámbito de discusión.
En el fondo, la apelación al diálogo consiste en eso, en el acuerdo previo sobre un “marco de referencia” que confiera sentido a lo que cada cual está diciendo al otro, y vice-versa.

En una comunidad políticamente organizada ese marco de referencia está trazado por el entendimiento de los ciudadanos respecto de ciertas normas básicas de convivencia, contenidas en la Constitución. Tal vez se esté subestimando el valor – práctico, operativo, cotidiano – que la Constitución guarda como “base y punto de partida” para encaminar el diálogo hacia el consenso.

La Constitución de 1994 no será óptima, pero es la que tenemos y es la que nos prescribe ciertos modos de acción, apuntando a ciertos objetivos de bien común. Es del caso preguntar si ese “diálogo” tan preconizado como instrumento de democracia puede convocar al esfuerzo cívico mientras no se logre fundarlo en los principios.

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