EL DIÁLOGO
Una perspectiva cristiana
Por: Gustavo Irrazábal
1. Introducción.. 2
2. El diálogo: fidelidad a la verdad y al amor.. 2
2.1. Diálogo y verdad.. 2
2.2. Verdad y amor. 3
2.3. Verdad y tolerancia. 4
3. Del diálogo de salvación al diálogo político.. 5
3.1. El diálogo en Ecclesiam suam.. 6
3.2. El diálogo en la DSI 7
3.2.1. El diálogo, orientación para la acción. 7
3.2.2. El diálogo como contenido del bien común. 8
4. El diálogo político y actitud dialógica.. 8
4.1. Concepción física y moral del poder. 8
4.2. Moral como actitud dialógica. 9
5. Algunas reglas del diálogo.. 11
EL DIÁLOGO
Una perspectiva cristiana
1. Introducción
Durante los meses del conflicto del campo, la palabra “diálogo” ha sido mencionada incansablemente por ambas partes, por los medios, por la sociedad en general. Sin embargo, en la realidad, el diálogo fue, precisamente, el gran ausente, sustituido por los monólogos superpuestos y las medidas de hecho.
¿Cuál es el motivo de esta paradoja? Que todos damos por supuesto lo que es el diálogo, lo consideramos una noción obvia, y nos limitamos a exhortarnos unos a otros a ponerla en práctica. La realidad, sin embargo, es que no poseemos una cultura del diálogo, no hemos sido educados en los valores que subyacen a esta práctica, y nuestra idea del mismo es generalmente lineal y reductiva.
Por lo tanto, no podemos superar la falta de diálogo sólo a través de la incorporación o revisión de técnicas, sin perjuicio de la importancia que las mismas pueden tener. Una técnica es un medio al servicio de un fin. ¿Cuál es el fin de un diálogo? A esta pregunta decisiva sólo podemos responder a través de una mejor comprensión de lo que el auténtico diálogo debe ser.
Podríamos partir del siguiente interrogante. El diálogo debe ser definido por referencia a una verdad, o por referencia a los intereses de los interlocutores. En el primer caso, tenemos un concepto más objetivo del diálogo, que parecería brindarnos una referencia firme, pero que, al parecer, reduciría el diálogo a un esfuerzo por convencer al otro de la verdad que uno ya posee. Si, por el contrario, el diálogo se vincula exclusivamente a los intereses de las partes, entonces queda reducido a un procedimiento de composición de intereses y obtención de consensos, menos rígido que en el primer caso (no es “a todo o nada”, el éxito puede consistir en “partir” la diferencia) pero cuyo contenido es, en sí mismo indiferente. Parece que estuviéramos ante una alternativa: convencer, renunciando a toda composición, o consensuar, renunciando a consideraciones éticas. Dogmatismo o relativismo.
2. El diálogo: fidelidad a la verdad y al amor
En realidad, la alternativa planteada es falsa. El diálogo auténtico se define por una doble fidelidad: a la verdad y al destinatario (el amor)
2.1. Diálogo y verdad
El diálogo auténtico tiene una referencia intrínseca a la verdad:
“La palabra es un acto humano; el hombre no la vive como un fenómeno puramente natural, sino como acontecimiento propiamente humano, que compromete su libertad. Ésta la asume como obligación de lealtad, de palabra según la verdad ... Descuidar esta obligación significaría mentir: traicionar la verdad con la palabra.”[1]
El gobierno adopta una medida que justifica por consideraciones de solidaridad. El agro resiste la medida con argumentos de justicia. Ambos están dando a entender que sus posiciones no consisten simplemente en la defensa de intereses, sino que están buscando el bien, la verdad sobre el bien.
Pero ello no condena al diálogo a la rigidez (las concesiones como “traición a la verdad”), si se comprende que la verdad, a su vez, tiene una vinculación intrínseca con el amor.
2.2. Verdad y amor
Verdad y amor son indisociables. En la Biblia ello es claro ... Y la filosofía actual, superada la etapa más aguda del positivismo, se resiste a una separación estricta entre inteligencia, voluntad y afectos. Amar es una forma de conocer, y el conocimiento se empobrece sin el impulso interior del amor.
Ello puede apreciarse ya en el ámbito del conocimiento objetivo, que parecería ser el más neutral e independiente de factores subjetivos. Todos sabemos que tenemos más capacidad de conocimiento respecto de aquellas realidades que más amamos. Pensemos cuánto más profundo puede ser el conocimiento de las plantas que tiene una persona que ama y cuida incansablemente su jardín, respecto de alguien que no tiene ninguna inclinación por ellas.
Cuando se trata no ya de cosas, sino de personas, el vínculo conocimiento-amor se hace más evidente. Sólo conozco verdaderamente a las personas que amo, y en la medida que las amo, porque el amor es el único acceso al misterio del otro. De otro modo, mi conocimiento del otro se queda en la acumulación más o menos detallada de datos, que no logra aprehender lo que aquél tiene de único e irrepetible. Cuando detesto a alguien, lo encasillo, y al encasillarlo, lo detesto aun más. Cuando, por el contrario, empiezo a comprenderlo, suspendo mi juicio, e inicio un proceso en sentido inverso, que puede llevarme a la compasión, a la simpatía, al aprecio.
Más aun, la verdad está intrínsecamente unido al amor, porque la verdad siempre tiene su lugar en un contexto interpersonal, de comunicación. La verdad nos es transmitida por otros, la buscamos junto con otros, la alcanzamos junto con otros, nos la comunicamos mutuamente. Y todos estos procesos comunicativos sólo pueden darse adecuadamente cuando están inspirados en el amor.
Me encuentro con un conocido por la calle y le digo a boca de jarro lo mal que lo veo, lo pálido que está, sus ojeras, su mirada vidriosa, su expresión de cansancio. El contenido puede ser verdadero, pero con el modo en que lo comunico, no ayudo al otro a poner esos datos en un contexto más amplio. Es posible que su modo de recibir mis observaciones las agigante por el temor, las extienda indebidamente al conjunto de su vida por tristeza y autocompasión, las proyecte hacia el futuro por desesperanza, o las rechace por enojo, o porque en mi franqueza brutal percibe una falta de respeto. En una palabra, quizás no le esté transmitiendo la verdad y no le esté ayudando a alcanzarla.
Si en cambio, en el contexto de una charla amistosa, le transmito con delicadeza mi preocupación porque no lo veo bien, ofrezco mi colaboración para lo que necesite, lo aliento a consultar el médico, etc., es posible que lo ayude de esa manera a comprender y aceptar su situación más objetivamente, en un contexto más amplio, más positivo, sin exageraciones. Le habré comunicado más verdad.
En conclusión, el diálogo como realidad humana, no es un procedimiento meramente formal. En primer lugar, debe ser definido por referencia a la verdad. Pero una verdad inseparable del amor. En una palabra, el diálogo auténtico supone una doble responsabilidad: por la verdad y por el otro.
2.3. Verdad y tolerancia
La verdad se nos da a través de mediaciones humanas: individuos y comunidades, afectadas por condicionamientos históricos y culturales:
“Por eso (la verdad) es susceptible de determinaciones parciales, espúreas, unilaterales, desequilibradas; está sujeta a olvidos y descuidos, a tensiones dialécticas y reacciones emotivas, a resistencias polémicas y a conformaciones irénicas, a fugas hacia delante y a imprevisibles reflujos. Personas y comunidades, movimientos y corrientes de pensamiento, en la búsqueda y en la defensa de la verdad padecen el influjo, no reflejo pero determinante, del propio hábitat de la verdad: la conciencia de la verdad resulta inevitablemente marcada por ello.” [2]
“Según la enseñanza conciliar «quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en matria social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.”[3]
El proceso de comunicación animado por el amor, es indispensable para alcanzar la verdad, porque la verdad es “sinfónica” (cf. V. Balthasar, Cozzoli). Ello significa que sólo se alcanza a través del diálogo y la colaboración de todos. Cada interlocutor excluido es un aspecto de la verdad que se deja de lado.
Es un error pensar que en cualquier orden uno posee una verdad conocida exhaustivamente. Si uno llevara al diálogo semejante pretensión, el diálogo como tal no podría tener lugar. Para que el mismo pueda darse, es preciso partir de la admisión realista de que sólo tenemos algo de la verdad, que necesitamos del otro para que la verdad que poseemos sea purificada, completada, profundizada.
De ahí que resulta contradictorio si el gobierno llama al diálogo sobre la base innegociable de que las retenciones no se tocan, o el campo asiste con la pretensión innegociable de que las retenciones se deben suprimir. Aunque cada uno no vea la manera de encontrar una salida satisfactoria sin renunciar a sus principios, el diálogo mismo, adecuadamente ejercitado, puede abrir caminos impensados.
Pero puede ser que estemos convencidos de que el otro está en el error, y que ceder ante ese error sería equivalente a claudicar de las propias convicciones. Ya no se trata de componer la sinfonía de la verdad, sino de afrontar el problema del error. Parece un conflicto insuperable entre la fidelidad a la verdad y la fidelidad al amor, al otro. Sin embargo, es posible aún en estos casos, encontrar una solución “dinámica y dialéctica” a través de la virtud de la tolerancia.
“La tolerancia, sin ceder a relativismo alguno, parte del supuesto de la inherencia personal de las opiniones ajenas. Éstas son expresión de las convicciones profundas de un sujeto que las ha madurado en su ambiente vital. Por tanto no se las puede tratar de acuerdo con ideas anónimas y abstractas, sino persuasiones de una conciencia personal que, en cuanto tal, merece atención, respeto y crédito.” [4]
Queda por considerar un caso extremo, aunque lamentablemente frecuente: la sospecha de que el error teórico del interlocutor esté motivado por errores morales, vicio o mala voluntad. El esfuerzo por dialogar, en este caso, se justifica por el hecho de que la sospecha no hace ceder automáticamente la presunción de buena voluntad. Además, no es fácil discriminar entre error y mala voluntad y debemos permanecer siempre críticos ante nuestras propias percepciones. Por ello, salvo casos muy excepcionales, es preciso atenerse a la objetividad de los argumentos vertidos, y evitar llamados a la conversión del otro, que suponen ya un juicio moral sobre las personas y cierran la posibilidad de diálogo.
3. Del diálogo de salvación al diálogo político
Esta perspectiva acerca del diálogo puede bien fundarse en una reflexión estrictamente filosófica como la precedente. Pero, como creyentes, tenemos en nuestra fe recursos invalorables para iluminarla y profundizarla. Porque nosotros creemos que Dios se nos ha revelado, no en el sentido de enseñarnos un conjunto de verdades teóricas acerca de sí mismo, de nosotros y del mundo, sino de que nos ha comunicado la verdad de su amor por nosotros, más aún, se ha comunicado a sí mismo, y nos ha hecho capaces de responder a ese amor. En una palabra, la historia de nuestra salvación, narrada en la Biblia y prolongada en nuestra existencia personal es un “diálogo de salvación”.
Ej. de los diálogos de Jesús. Con el joven rico, con la samaritana, con la adúltera. El diálogo es el modo con el cual Jesús pone a sus interlocutores en condiciones de acceder a la verdad y abrazarla.
Esto no es una simple consideración piadosa, sino que nos ayuda a entender muy concretamente las características de un verdadero diálogo. (Cf. CDS 13: el “estilo de diálogo de Dios”)
3.1. El diálogo en Ecclesiam suam
La encíclica Ecclesiam suam, de Pablo VI (1964), significa un avance importantísimo en la reflexión acerca de la naturaleza del diálogo, que comienza por la comprensión de la Revelación de Dios al hombre como un diálogo, el “diálogo de salvación”, que se prolonga a través del anuncio del evangelio por parte de la Iglesia. Este último debe verificarse como un diálogo respetuoso, lleno de empatía, y capaz de adaptarse a las características del destinatario concreto.
A continuación, presento los números más significativos del documento en relación con nuestro tema.
(59) La misión de la Iglesia de anunciar el evangelio es diálogo.
La revelación / la historia de la salvación como diálogo entre Dios y el hombre (64)
Características supremas del coloquio entre Dios y el hombre
El diálogo de salvación fue abierto por iniciativa divina ® Debemos tomar la iniciativa sin esperar a ser llamados (66)
Ese DS partió de la caridad ® nuestro diálogo deberá ser movido por un amor “fervoroso y desinteresado” (68)
El DS no se ajustó a méritos ni resultados ® diálogo sin límites y sin cálculos
El DS no obligó a nadie física’, garantizó libertad. ® diálogo sin coacción exterior, sino persuasión interior
El DS se hizo posible a todos ® diálogo potencialmente universal
El DS avanza por grados ® diálogo que tiene en cuenta la maduración psicológica e histórica. “Valor del tiempo”
El mensaje cristiano en la corriente del pensamiento humano
(72) La Iglesia no trata de extirpar los males de la sociedad con anatemas y cruzadas, ni procurando influjo preponderante o dominio teocrático, sino que se acerca a través del diálogo no unívoco, adaptado a índole del interlocutor y a las circunstancias de hecho.
(73) Este diálogo:
+ implica: propósito de corrección, estima, simpatía, bondad, por parte del que lo entabla
+ excluye: condenación apriorística, polémica ofensiva y habitual, futilidad, objetivo inmediato de lograr la conversión del interlocutor
(74) Estado de ánimo: sentido de responsabilidad por el mandato apostólico
Requisitos del diálogo
(75) Es un “arte de comunicación espiritual”. Requiere:
1) Claridad. Trasvase de pensamiento que nos exige revisar lenguaje
2) Mansedumbre. Autoridad intrínseca de la verdad que expone y caridad que difunde. No es orgulloso, hiriente, ofensivo, impositivo, etc
3) Confianza, no sólo en el valor de la palabra propia sino en la actitud para aceptarla por parte del interlocutor
4) Prudencia. Tiene en cuenta sensibilidad y condics psicológicas y morales del interlocutor, y adapta a ellas sus formas
Dialéctica de la auténtica sabiduría
(77) Vías complementarias para alcanzar la verdad
Oportunidad de crecimiento: descubrir verdad en opiniones ajenas, someter las propias a discusión
(79) El DS tiene formas múltiples. Exigencias experimentales, selección medios adecuados, sin vanos apriorismos, o expresiones inmóviles. ® adaptación a condics de vida, lugar, cultura, situación social
Unir a los hermanos en la integridad de la verdad
(80) Saber escuchar sin poner distancias: comprender, respetar, y si lo merece, secundar.
(81) Pero sin caer en irenismos ni sincretismos
3.2. El diálogo en la DSI
3.2.1. El diálogo, orientación para la acción
La DSI insiste en que la realización práctica de sus principios en los diferentes ámbitos de la vida social, misión que corresponde a los laicos de un modo originario, no debe darse como imposición, o como una empresa llevada a cabo exclusivamente por los católicos, sino a través del diálogo, la colaboración, los consensos abiertos a todas las fuerzas vivas de la sociedad.
Or 56: El “diálogo respetuoso” es una de las orientaciones fundamentales para la acción del cristiano en la sociedad. Camino indispensable para lograr la colaboración y los acuerdos programáticos y operativos que la efectivicen. (cf. CDS 565)
En el proceso de discernimiento propio de la DSI, el diálogo es una mediación necesaria (comunicativa) para pasar del juicio a la acción.
3.2.2. El diálogo como contenido del bien común
El bien común no se define como una suma de bienes individuales, sino que se trata de un bien que trasciende el bien puramente individual y permanece común, en cuanto pertenece a todos y cada uno (cf. CDS 164). Se trata del conjunto de condiciones que permiten a los integrantes de la sociedad alcanzar su propia perfección (cf. GS 26; CEC 1905-1912). Por ej., la paz, la correcta organización de los poderes del Estado, un sólido ordenamiento jurídico, los derechos humanos, etc.
El diálogo, y más aún, la cultura del diálogo, es parte indispensable del bien común. Más aún en una sociedad pluralista, donde están representadas una amplia gama de creencias y valores. Y además, una sociedad democrática, la dimensión conflictiva de la política se manifiesta no sólo en las pujas de ideas, sino en los conflictos de intereses de los diferentes sectores. El diálogo constituye un procedimiento fundamental para la construcción de consensos, siempre teniendo presente que dichos consensos no pueden prescindir de la verdad (en particular, la dignidad de la persona y sus derechos).
Todo aquello que atenta contra el diálogo es un gravísimo mal social.
A continuación menciono algunos números del CDS que son relevantes para el tema del diálogo.
CDS:
13: el “estilo de diálogo de Dios”
18. La Iglesia quiere instaurar un diálogo con toda la flia humana (cf. GS 3)
43. Diálogo con el que piensa distinto (cf. GS 28)
110. El hombre, creado como ser social. El diálogo es vital para su existencia
130. Expresión de su apertura a la trascendencia
La DSI, instrumento para promover el diálogo:
534. entre comunidades cristianas y la comunidad civil y política; 535. En el campo ecuménico; 536. Con los Hebreos; 537. Con otras religiones
550. Valor del diálogo para comprender las realidades sociales y mejorarlas
565. La promoción del diálogo como orientación fundamental del laico en lo político
569. Diálogo y exigencias morales irrenunciables.
574. En las opciones políticas, los creyentes deben iluminarse mutuamente a través del diálogo sincero
4. El diálogo político y actitud dialógica
4.1. Concepción física y moral del poder
En nuestra cultura se manifiesta una tendencia a la concepción física del poder político, entendido como una magnitud cuantitativa. “Construir poder” significa entre nosotros extender de hecho la propia capacidad de imponerse en el choque de fuerzas, sumar adictos, sin que importe el modo en que este hecho se produce. Pero el poder así entendido es volátil, sigue las reglas inexorables de los fenómenos naturales, indiferentes a las necesidades del bien común.
El poder político debe concebirse, por el contrario, como una noción primordialmente cualitativa. El “más” del poder, está referido en primer lugar a su calidad, al modo con el cual es construido. El poder crece en cualidad y, por consiguiente, en estabilidad cuando se construye a través del consenso, entendido como “acuerdo” (Cortina), fruto de un diálogo iluminado por valores morales.
CDS 409 hace referencia a la función de síntesis y mediación en vistas al bien común, como una de las finalidades esenciales e irrenunciables de la autoridad política, lo cual debe interpretarse como una referencia implícita al diálogo
4.2. Moral como actitud dialógica
Finalmente, transcribo un fragmento de un artículo de la prestigiosa filósofa Adela Cortina, que si bien trascienden el ámbito estrictamente político, son aplicables a este último.
“La moral, en una tradición kantiana es, en principio, capacidad de darse leyes a sí mismo desde un punto de vista intersubjetivo, de forma que las leyes sean universalizables. Lo cual nos muestra que los individuos racionales no están cerrados sobre sí mismos, sino que cada persona es lugar de encuentro de su peculiar idiosincrasia y de la universalidad; es un nudo de articulación entre subjetividad e intersubjetividad.
Una persona «alta de moral» en este sentido sabe, pues, distinguir entre normas comunitarias convencionales y principios universalistas, que le permiten criticar incluso las normas comunitarias. Sin embargo, a la hora de interpretar el punto de vista moral universalista, existe una gran diferencia entre los kantianos: mientras Kohlberg, Hare o Rawls adoptan como método para determinar qué normas son las correctas la «asunción ideal de rol» (ponerse en el lugar del otro), la ética del discurso deja esa tarea en manos de los afectados por la norma . Porque, atendiendo al principio de la ética del discurso, descubierto a través del método trascendental:
«Sólo pueden pretender validez las normas que encuentran (o podrían encontrar) aceptación por parte de todos los afectados, como participantes en un discurso práctico» .
Por lo tanto, para que la norma sea correcta tienen que haber participado en el diálogo todos los afectados por ella, y se tendrá por correcta sólo cuando todos -y no los más poderosos o la mayoría- la acepten porque les parece que satisfacen intereses universalizables. Por tanto, el acuerdo sobre la corrección moral de una norma no puede ser nunca un pacto de intereses individuales o grupales, fruto de una negociación, sino un acuerdo unánime, fruto de un diálogo sincero, en el que se busca satisfacer intereses universalizables.
Estamos acostumbrados a tergiversar los términos, de modo que identificamos diálogo con negociación y acuerdo con pacto y, sin embargo, las negociaciones y los pactos son estratrégicos, mientras que los diálogos y los acuerdos son propios de una racionalidad comunicativa. Porque quienes entablan una negociación se contemplan mutuamente como medios para sus fines individuales y buscan, por tanto, instrumentalizarse. Se comportan entonces estratégicamente con la mira puesta cada uno de ellos en conseguir su propio beneficio, lo cual suele acontecer a través de un pacto.
Por el contrario, quien entabla un diálogo considera al interlocutor como una persona con la que merece la pena entenderse para intentar satisfacer intereses universalizables. Por eso no intenta tratarle estratégicamente como un medio para sus propios fines, sino respetarle como una persona en sí valiosa, que -como diría Kant- es en sí misma un fin, y con la que merece la pena, por tanto, tratar de entenderse para llegar a un acuerdo que satisfaga intereses universalizables. Por eso la persona con altura humana a la que nos hemos referido reiteradamente a lo largo de este trabajo asumiría una actitud dialógica, lo cual significa:
1) Que reconoce a las demás personas como interlocutores válidos, con derecho a expresar sus intereses y a defenderlos con argumentos.
2) Que está dispuesta igualmente a expresar sus intereses y a presentar los argumentos que sean necesarios.
3) Que no cree tener ya toda la verdad clara, de suerte que el interlocutor es un sujeto al que convencer, no alguien con quien dialogar. Un diálogo es bilateral, no unilateral.
4) Que está preocupado por encontrar una solución correcta y, por tanto, por entenderse con su interlocutor. «Entenderse» no significa lograr un acuerdo total, pero sí descubrir lo que ya tenemos en común.
5) Que sabe que la decisión final, para ser correcta, no tiene que atender a intereses individuales o grupales, sino a intereses universalizables, es decir, a aquello que «todos podrían querer», por decirlo con la célebre fórmula del contrato social.
6) Que sabe que las decisiones morales no se toman por mayoría, porque la mayoría es una regla política, sino desde el acuerdo de todos los afectados porque satisface asimismo los intereses de todos.
Quien asume esta actitud dialógica muestra con ella que toma en serio la autonomía de las demás personas y la suya propia; le importa atender igualmente a los derechos e intereses de todos, y lo hace desde la solidaridad de quien sabe que «es hombre y nada de lo humano puede resultarle ajeno»
Naturalmente cada quien llevará al diálogo sus convicciones y más rico será el resultado cuanto más ricas sean las aportaciones. Pero a ello ha de acompañar el respeto a todos los interlocutores posibles como actitud de quien trata de respetar la autonomía de todos los afectados por las decisiones desde la solidaridad. La educación del hombre y del ciudadano ha de tener en cuenta, por tanto, la dimensión comunitaria de las personas, su proyecto personal, y también su capacidad de universalización, que debe ser dialógicamente ejercida, habida cuenta de que muestra saberse responsable de la realidad, sobre todo de la realidad social, aquel que tiene la capacidad de tomar a cualquier otra persona como un fin, y no simplemente como un medio, como un interlocutor con quien construir el mejor mundo posible.”
(Adela Cortina, “La educación del hombre y del ciudadano”)
5. Algunas reglas del diálogo
- Cuidado del planteo y delimitación del problema.
En el ámbito moral y político, todo problema de cierta entidad puede vincularse de un modo u otro a principios fundamentales. Pero si pretendemos discutir todo a partir de cada tema particular, el diálogo está condenado al fracaso.
El conflicto por las retenciones se vincula con aspectos básicos del orden constitucional: el federalismo fiscal, la postergada ley de coparticipación, la división de poderes, la legalidad de la delegación de ciertas facultades en el Poder Ejecutivo, la modalidad de ejercicio del poder presidencial, la redistribución de la riqueza, etc. Pero es imposible llegar a algún resultado apreciable si se intenta debatir todo al mismo tiempo. Por otro lado, estos temas están vinculados también con las retenciones previas a la conflictiva resolución del Ministerio de Economía y cuya legalidad no se había cuestionado. El problema actual se refiere al nivel de las retenciones a la soja y los efectos del mismo en la actividad agropecuaria. Superada esta urgencia, los otros temas deberán ser oportunamente encarados.
- Argumentación racional, ordenada, transparente, comprensible.
La apelación al puro sentimiento, los golpes bajos, los juicios no fundamentados, los “saltos lógicos”, las exhortaciones morales dirigidas al adversario, desnaturalizan forzosamente el proceso del diálogo.
- Deben emplearse conceptos cuyo significado pueda ser comprendido por los interlocutores, y en todo caso, aclararlos debidamente.
- Descubrir los propios presupuestos, en la medida en que los mismos son necesarios para que el interlocutor pueda comprender la propia posición.
- Evitar falacia genética: Se trata de uno de los defectos más frecuentes. Puede resumirse en la frase:“te equivocás porque sos malo, o a la inversa, porque sos malo, tus opiniones necesariamente son erróneas”. Semejante presunción, introducida en la conversación, expulsa el diálogo del ámbito del tema objetivo y de la argumentación, para transformarlo en un llamado a la conversión o una descalificación del interlocutor.
[1] M. Cozzoli, “Verdad y veracidad”, en F. Compagnoni y otros (ed.), Nuevo Diccionario de Teología Moral, Paulinas, Madrid 1992, 1852.
Siglas: GS = Gaudium et spes ; CDS = Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia; Or = Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio y enseñanza de la doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes (30-12-1988).
[2] M. Cozzoli, o.c., 1854)
[3] GS 28; CDS, 43.
[4] M. Cozzoli, o.c., 1855.
viernes, 18 de julio de 2008
miércoles, 9 de julio de 2008
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